Y, a la par, su regreso al montículo después de una cirugía Tommy John logró combinar una temporada increíble con 2.87 de efectividad en 47 innings, 62 ponches, tres salidas en septiembre sin permitir carrera y un juego de cinco entradas ante Filadelfia sin hit permitido.
Y mientras Ohtani desafía las leyes de la biología deportiva, Judge reafirma la tradición del bateador perfecto… pero esta vez no caminó hacia el MVP, lo sobrevivió.
El capitán de los Yankees conquistó su tercer premio (2022, 2024 y 2025), pero lo hizo al final de una lucha que se volvió una de las votaciones más cerradas y tensas que ha visto la Liga Americana en esta década.
Judge obtuvo 17 votos de primer lugar, apenas por encima de los 13 que recibió Cal Raleigh, el sorprendente receptor de Seattle que convirtió la carrera por el MVP en un auténtico pulso estadístico.
Durante semanas, cada cuadrangular de Raleigh empujaba la conversación hacia una posible alternancia del premio.
Raleigh no solo pegó 60 jonrones, récord histórico para un catcher y para un ambidiestro, sino que sostuvo a los Mariners hasta el título de la División Oeste. Ese peso competitivo lo mantuvo respirándole en la nuca a Judge hasta el último día, obligando a que cada votante justificara su elección con lupa.
En ese contexto, la campaña de Judge tomó una dimensión distinta. No se trató solo del poder o de su tradicional disciplina en el plato: fue su consistencia quirúrgica lo que lo separó en la recta final.
El capitán lideró MLB en prácticamente todo: .331 de promedio, 53 jonrones, 114 producidas, 137 anotadas, líder absoluto en OBP y Slugging. Es apenas el quinto jugador desde 1961 que domina esas tres métricas fundamentales (AVG, OBP, SLG) en una temporada. Y aun así, necesitó cada uno de sus 124 boletos, cada extrabase y cada serie clave para sostener la mínima ventaja sobre Raleigh.
Al final, la coincidencia de ver a un jugador de dos vías que rompe cualquier molde y a un cañonero clásico compartir la cima en el mismo año describe mejor que cualquier estadística el momento que vive el beisbol: una era en la que el estándar del MVP se mide con dos nombres propios y obliga al resto de la liga a perseguirlos.